NOSOTRAS Y ELLOS.

¡Hola chicos! Hoy, martes 24 de noviembre, quería compartir con vosotros una columna de un periódico muy buena, en la que se hace una reflexión bastante divertida sobre las diferencias entre hombres y mujeres, y de cómo los hombres no son los únicos que ven como un "perro verde" al otro género.

Todo esto vino cuando el otro día, estudiando los textos periodísticos en lengua, entre tanta pesadez y letras, me encontré con un artículo de opinión para analizar muy muy bueno. Pertenece al País Semanal, publicado el 7 de noviembre de 1993 escrito por Rosa Montero, una famosa columnista del mismo periódico. Es largo, pero cuando empieces, verás cómo Montero te ganará enseguida, y hará que te "devores" la columna.
Aquí os dejo el texto:

"NOSOTRAS Y ELLOS".

"He tardado muchos años de mi vida en llegar a comprender que si me gustan los hombres es precisamente porque no les entiendo. Porque son unos marcianos para mí, criaturas raras y como desconectadas por dentro, de manera que sus procesos mentales no tienen que ver con sus sentimientos; su lógica, con sus emociones, sus deseos, con su voluntad, sus palabras, con sus actos. Son un enigma, un pozo lleno de ecos.

Se habrán dado cuenta de que esto mismo es lo que siempre han dicho los hombres de nosotras: que las mujeres somos seres extraños e imprevisibles. Definidas socialmente así durante siglos por la voz del varón, que era la única voz pública, las mujeres hemos acarreado el sambenito de ser incoherentes e incomprensibles, mientras que los hombres aparecían como el más luminoso colmo de la claridad y la coherencia. Pues bien, de eso nada: ellos son desconcertantes, calamitosos y rarísimos. O al menos lo son para nosotras, del mismo modo que nosotras somos un misterio para ellos. Y es que poseemos, hombres y mujeres, lógicas distintas, concepciones del mundo diferentes, y somos, las unas para los otros, polos opuestos que se atraen y se repelen.
No sé bien qué es ser mujer, de la misma manera que no sé qué es ser hombre. Sin duda, somos identidades en perpetua mutación, complejas y cambiantes. Es obvio que gran parte de las llamadas características femeninas o masculinas son producto de una educación determinada, es decir, de la tradición, de la cultura. Pero es de suponer que la biología también debe influir en nuestras diferencias. El problema radica en saber por dónde pasa la la raya, la frontera; qué es lo aprendido y qué lo innato. Es la vieja y no resuelta discusión entre ambiente y herencia. Sea como fuere, lo cierto es que hoy parece existir una cierta mirada de mujer sobre el mundo, así como una cierta mirada de varón. Y así, miro a los hombres con mis ojos femeninos y me dejan pasmada. Me asombran, me divierten, en ocasiones me admiran, a menudo me irritan y me desesperan, como irrita y desespera lo que parece absurdo. A ellos, lo sé, les sucede lo mismo. [...] A veces se diría que no pertenecemos a la misma especie y que carecemos de un lenguaje común.
El lenguaje, sobretodo el lenguaje, he aquí el abismo fundamental que nos separa. Porque nosotras hablamos demasiado y ellos hablan muy poco. Porque ellos jamás dicen lo que nosotras queremos oír, y lo que nosotras decimos les abruma. Porque nosotras necesitamos poner en palabras nuestros sentimientos y ellos no saben nombrar nunca lo que sienten. Porque a ellos les aterra hablar de sus emociones, y a nosotras nos espanta no poder compartir nuestras emociones verbalmente. Porque lo que ellos dicen no es lo que nosotras escuchamos, y lo que ellos escuchan no es lo que nosotras hemos dicho. Por todos estos malentendidos y muchos otros, la comunicación entre los sexos es un perpetuo desencuentro.

Y de esa incomunicación surge el deseo. Siempre creí que a lo que yo aspiraba era a la comunicación perfecta con un hombre, o mejor dicho, con el hombre, con ese príncipe azul de los sueños de infancia, un ser que sabría adivinarme hasta en los más menudos pliegues interiores. Ahora he aprendido no sólo que esa fusión es imposible, sino además que es probablemente indeseable. Porque de la distancia y de la diferencia, del esfuerzo por saltar abismos y conquistar al otro o la otra, del afán de comprenderle y descifrarle, nace la pasión. ¿Qué es el amor, sino una gustosa enajenación; el salirte de ti para entrar en el otro o la otra, para navegar por una galaxia distante a la tuya?"

¿A que es bueno? ¡A mí me hizo gracia cuando lo leí por primera vez! La verdad es que es bastante ingeniosa la columnista. Y tiene mucha razón... Y tú, ¿qué opinas del tema? ¿Te ha gustado la columna? ¡No te olvides dejármelo en los comentarios! Un beso.

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4 comentarios

  1. Hola, pues muy buena columna, gracias por mostrarla, ya te sigo,y yo tambien tengo un blog, por si te puedes pasar por el, besitos y nos leemos;)
    http://estoyentrepaginas.blogspot.com.es/

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    1. ¡Hola Cristina!

      Me alegro mucho que te gustara. :)
      ¡Luego me paso por tu blog, prometido!

      Un beso.

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  2. Hola guapa, muchas gracias por pasarte por mi blog, me alegra que te guste y espero que te animes con algun libro.
    Me encanta el articulo que nos expones... y tiene toda la razon del mundo. Hombre.. quien los entienda que los compre jajajaja si yo siento a veces sentimientos muy contradictorios con mi pareja... pero en fin, supongo que ahí radica el amor no.

    Saludos

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    1. ¡Hola Mandy!

      ¡Es un placer! No tienes ni por qué darme las gracias. ¡Y seguro que me animo con un libro, pero será por Navidad! Ahora mismo no tengo mucho tiempo... Pero puedes estar segura de que si me lo leo te diré qué me parece.
      Es que es muy raro, pero ellos son como más "vagos", perezosos, "raros", etcétera. SON MUY DISTINTOS. Y he de reconocer que a veces me gustaría ser un hombre para poder ver cómo se siente jajaja.

      ¡Un beso!

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